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Lo de que veamos raro no cambiar de camiseta es otro triunfo del negocio del fútbol. Cuando era de verdad el deporte del pueblo, cambiar la camiseta de un año a otro era una afrenta, y la segunda equipación solo se usaba fuera de casa si coincidía el color con la local del rival. Ahora resulta que nos enfadamos si no podemos gastarnos 100 euros reglamentarios cada año porque han añadido una raya.
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