Lo de Lamine empieza a parecer más una serie de redes sociales que una carrera de fútbol. Cada partido suyo es una montaña rusa: promete ser la gran estrella, pero acaba brillando más en Instagram que en el campo. Es curioso cómo alguien puede correr tanto detrás de la fama y tan poco detrás del balón. Su talento es innegable, pero parece que su ego decidió independizarse y montar su propio club.
Entre las frases polémicas, los gestos innecesarios y las publicaciones que dan más vergüenza ajena que goles, Lamine está logrando algo difícil: que la gente hable más de su actitud que de su juego. Y es una pena, porque tiene calidad, pero la está enterrando bajo un espectáculo de poses y dramas. Tal vez algún día entienda que los “likes” no suman puntos en la tabla y que la humildad sigue siendo el mejor regate que puede aprender.
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Entre las frases polémicas, los gestos innecesarios y las publicaciones que dan más vergüenza ajena que goles, Lamine está logrando algo difícil: que la gente hable más de su actitud que de su juego. Y es una pena, porque tiene calidad, pero la está enterrando bajo un espectáculo de poses y dramas. Tal vez algún día entienda que los “likes” no suman puntos en la tabla y que la humildad sigue siendo el mejor regate que puede aprender.